domingo, 16 de febrero de 2014

Otros cantos



Tengo bajo la cama, a la altura del cabecero, una buena botella de orujo de hierbas.
Me hace entrar en calor y pensar más lento, con tan solo un sorbo todo se ve con mejores detalles, se me agudiza el tacto y mi gusto se acelera.

Hay un gran ventanal en la habitación, una tela roja a modo de cortina da una tonalidad rojiza a su desnudo cuerpo. Me gustan las mujeres. Me gustan las mujeres salvajes, libres y que follen. Mujeres buscavidas. Corría el año 1931. Eran tiempos difíciles para conseguir un trabajo, pero nunca me faltó alcohol, rapé y mujeres.
Por aquel año yo alcanzaba los 48 de edad pero mi talante siempre fue jovial y firme. Los inviernos franceses no eran piadosos. Salí a conseguir algunos francos. Fui al café de Margaritte, era una mujer voluptuosa. Sus pechos podían alimentarnos a todos. Era guapa, a su manera. Saludé a los de siempre, tomé mi copa y miré el reflejo del espejo que colgaba frente a mí. Vislumbre un cuerpito envuelto en un abrigo de paño marrón oscuro. Horrible y poco apropiado para aquella jovencita. Me acerqué para verla más de cerca. No pude balbucear nada, iba decidido a bromear con su abrigo. Me frené en seco, tenía el rostro embarrado y su olor no era perfume. Aquella mujercita ni se musito de mi presencia al sentarme en la banqueta de al lado. Hice un gesto a Margaritte. Me puso dos copas. Con cuidado le acerque una a la joven. Giró su sucia cara hacia mi y en un suspiro engullo todo el orujo.
-Hace frío- me silbó la joven justificando su ansia.
-¿Qué le ocurrió a tu cara?- le pregunté.
- ¿Y a la tuya?- replicó.

Apuré mi copa, bromeé acerca de su atuendo y le pregunté si querría una ducha caliente y ropa seca, podría acompañarme.
Pagué a Margaritte y salí.
Al minuto intuí que me seguía. Sus andares eran como los últimos pasos de un suicida, su mirada verde quedaba atrapada en el suelo. Tenía un alma triste, desoladora. Pero era bonita. Subí las empinadas escaleras que conducía aquel cuartucho que tenía alquilado.
Deje la puerta abierta. Encendí el candil, serví dos tragos y saque de la vieja maleta ropa que ya vivía allí antes que yo.
Al entrar en la habitación, antes de soltar su maleta, estudio el espacio.
Yo permanecía junto al ventanal. Era una mujercita curiosa. Le di la ropa, el trago y la conduje hacia el baño. Intentó encajar la puerta pero era una casa vieja y corroída. Entre la ranura de la puerta, se adivinaba el ritual de dejarse caer la ropa. No pude evitar el excitarme al imaginar su cuerpo. Me serví otro trago. Y me tumbe en la cama.
Como cambia una mujer cuando se la cuida. Era hermosa chiquilla, tendría unos 24 años.
-El agua, sin duda hace milagros.- confesé
Ella esbozó una pequeña sonrisa. Se sirvió un trago y se tumbó a mi lado.
-El orujo cura.- dije.
Estuvimos hablando casi toda la noche. Tan solo dormimos un par de horas hasta que sol nos desvelara un nuevo día. Yo amanecí con el pene particularmente sensible. Me sentía vulnerable, no tuve tiempo de levantarme y calmar esta excitación cuando Jude saltó encima de mí, encima de mi eminente pene, oculto en cierta manera por la gran colcha azul. Jude no se dio cuenta que había caído encima. Jude reía a carcajadas presionando hacia abajo sobre él. En todos estos años había sentido tal excitación.
Ella se levantó un instante a coger una pluma, y volvió a subirse a horcajadas sobre mí. Me dio la pluma y me dijo que pensara en una palabra y que se la escribiera en el brazo.

Yo no podía concentrarme lo único que notaba era su peso sobre mí. Empecé a moverme mientras me reía, disimulaba mi excitación como podía. La “Coleccionistas de Palabras” la llamaría!!

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