Oía a través de la pared, el
clic de las teclas de su máquina de escribir, el golpeteo de los hielos en el
vaso, el chasquido del mechero y algún jadeo que otro. Pasó todo el verano con
el mismo ritual. Era puntual. Escribía unas cuantas hojas de poemas o lo que
escribiesen las mujeres, recargaba el vaso con hielo y ron, no fumaba, curioso.
Por que le gustaba la atmósfera densa que dejaba quemar las hojas de tabaco y
luego, después de todo eso, se masturbaba.
Era una delicia oírla empezar. Se colocaba en frente de un espejo victoriano de un marco grueso y dorado. Era
bien ancho y alto. Tenia una grieta que lo atravesaba de extremo a extremo.
Retocó sus labios de carmín. Dejó caer su blusa sobre la silla. Tenia un color
de piel dorado. Beso su hombro y acariciaba sus rodillas hasta recorrer sus
gruesos muslos. Con una mano pellizcó suavemente sus pechos y con la otra
separaba sus braguitas hacia un lado. Con el canto de la silla rozaba su sexo
en un ritmo constante. Esta vez alcanzó un hielo que no dudo en frotarlo por el
cuello, deslizarlo por sus benditos senos, rodear su ombligo hasta deshacerlo
en su sexo.
Creo que a veces sabía que yo la
observaba, aun ponía más empeño.
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