domingo, 16 de febrero de 2014

El ojo de la cerradura


Oía a través de la pared, el clic de las teclas de su máquina de escribir, el golpeteo de los hielos en el vaso, el chasquido del mechero y algún jadeo que otro. Pasó todo el verano con el mismo ritual. Era puntual. Escribía unas cuantas hojas de poemas o lo que escribiesen las mujeres, recargaba el vaso con hielo y ron, no fumaba, curioso. Por que le gustaba la atmósfera densa que dejaba quemar las hojas de tabaco y luego, después de todo eso, se masturbaba.
Era una delicia oírla empezar. Se colocaba en frente de un espejo victoriano de un marco grueso y dorado. Era bien ancho y alto. Tenia una grieta que lo atravesaba de extremo a extremo. Retocó sus labios de carmín. Dejó caer su blusa sobre la silla. Tenia un color de piel dorado. Beso su hombro y acariciaba sus rodillas hasta recorrer sus gruesos muslos. Con una mano pellizcó suavemente sus pechos y con la otra separaba sus braguitas hacia un lado. Con el canto de la silla rozaba su sexo en un ritmo constante. Esta vez alcanzó un hielo que no dudo en frotarlo por el cuello, deslizarlo por sus benditos senos, rodear su ombligo hasta deshacerlo en su sexo.


Creo que a veces sabía que yo la observaba, aun ponía más empeño.

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