domingo, 16 de febrero de 2014

Huir



Salí corriendo.
Subí las escaleras y dejé todo aún por hacer.
Despojé los pies de unos zapatos que los hacían preso.
Me desnudé con la velocidad que marca mi pulso acelerado.

Huí hacia la lluvia que caía.
Me tumbé en las baldosas de barro.
El suelo resbalaba,
la lluvia lubricaba el liquen verde que lo envolvía.

Me revolqué, me revolví, me retocé, me rocé por todo el suelo de la azotea.
Dejaba calarme hasta lo más hondo.
Bauticé a mi cuerpo, como si fuera la primera vez que me dejaba mojar.
Era una lluvia cálida.

Estaba estremecida,
la piel estaba completamente erizada,
mis pezones se hacían más duros, me dolían los pechos.

La lluvia recobró mayor intensidad cuando apareciste con cara de fascinado.
Parece que te hubieras sincronizado con ella.
No dudaste en acompañarme.

Vi a través de la cortina de agua como venias hacia mi,
tan ricamente mojado, húmedo, calado, regado.
Tu cuerpo era bruto.
Subí con los brazos en cruz, mirando al cielo, con la boca tan abierta como para beberme toda aquella lluvia.

Me cogiste de la cintura y me impulsaste hacia arriba me resbalé un poco sobre ti,
Atinaste a  impulsarme de nuevo hacia ti,
tan fuerte que ahí,
en la azotea,
con la ropa tendida,
con la lluvia zumbándonos, me poseíste.

No me di cuenta.
No recordaba que siempre huyo y que siempre sales en mi busca.


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