Las ruinas tienen su aquél.
Los sillares arenosos, superpuestos unos sobre otros a modo de torre de babel.
La lenta danza que alcanza el musgo en la vieja piedra.
Admiro la firmeza y constancia de las columnas que se erigen orgullosas.
Admiro casi cualquier cosa que vive firme.
Me gusta el polvo, mancharme sin escrúpulos, retozarme.
*
Asomé mi desnudo cuerpo cubierto de un velo blanco.
Mi cabello lucia lacio. Mis andares marcaban un ritmo.
Tu eras el compás de cada paso. No me importa tropezar.
Mis pies descalzos sorteaban piedras derrumbadas.
Llegué a un altar azul descolorido. Un arco abatido me coronaba.
Me tumbe en él. Ofreciéndome.
Tus manos auscultaban cada rincón de mi cuerpo.
Olías, olías mi piel.
Era increíble ver tu mano hacerse camino bajo el vaporoso tejido.
El indicio, tu primera manifestación de querer tomarme.
El vaho que sale tu boca, me es un soplo de goce.
Haces arquear mi espalda.
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