Era la segunda vez
que entraba en su casa.
Me gustaba la tonalidad
que desprendía. Era sencilla y acogedora.
Nos fuimos directos a
la cocina. Era amplia, con una caldera que me hizo recordar la casa de mi
abuela. Abrió una de las puertas bajo la encimera. Saco una botella de un verde
radiactivo, dos tazas, un poco de hielo y me condujo a su habitación.
Dios!! era una mujer
desordena, había ropa encima de la cama, sobre su escritorios muchos papeles,
pinceles y tubos de colores, unas estantería repleta de libros, cuadernos y una
vaso con posos de té. Mientras ella servía aquel licor semejante al plutonio
liquido. Yo indagaba y espiaba el entorno. Olía a cítrico. Su habitación
conducía a un patio lleno de limoneros.
Un gato mestizo subió
de un salto en la cama. Quedó mirándome fijamente como si estuviera advirtiéndome.
Acerqué mi mano para que pudiera reconocerme pero mi olor seguramente ya se habría
anunciado desde mucho antes.
Era una mujer
misteriosa con una fragilidad desenmascarada pero me gustaba.
La cogí por la
cintura y empecé a rozarme tras ella. Ella giró su cuello y beso un lado de mi
boca. Fue un beso refrescante. Seguí por largo tiempo deleitándome del roce,
olí su pelo, le mordisqueé la nuca y salivé su espalda.
Mis manos permanecían
en su cintura, hundía mis dedos sobre los huesos de su cadera. Tenía un cuerpo
firme. Le di la vuelta y la senté sobre
la silla. Le quité el zapato. Me recreé en masajear sus pies. Di un
sorbo de la taza. Pase mi lengua emborrachada por cada hueco de los pequeños
deditos. Tenía pies menudos y preciosos. En el gran dedo tiene un anillo
tatuado. Seguía por su tobillo, me
detenía en sus gemelos dando circulares movimientos, alcancé su rodilla la cual
mordisqueé sin piedad, llegué a sus muslos en los cuales me retuve tanto
tiempo.
Notaba la excitación
de ella, antes de sobrepasar sus piernas, paré. Me levanté para rellenar las
tazas. Quería llevarla al equilibrio entre la excitación y el desasosiego.
- Noooo- susurró.- No
pares.
No pude evitar el
reírme.
Empecé con el otro
pie, le descalcé e inicié vertiéndole licor sobre el empeine, con un gesto
acelerado lo absorbí, devorando cada dedo. Subí mordisqueándola. Alcancé de
nuevo la rodilla, esta vez dio un grito, fue un muerdo exagerado. Me estacioné
por largo tiempo en sus muslos. Pasaba de la ternura al magreo, intercambiando
el ritmo. A veces la besa, otras la mordía, otras hundía mi cara en ellos. Di
un lametazo a sus braguitas. Tenía la lengua casi tan dura como mi polla. Su
respiración se aceleró y por ese instante sus dedos se clavaron en mis hombros.
Volví a pasarle la lengua entre la hendidura de su coño, su olor era mezcla de
varias especias que me transportaron a tierras arábigas. Mirando sus rasgados y
excitados ojos le arranqué las bragas sin dudarlo. Exaltó un bullicioso y
profundo gemido. Relamí todo en ella. Me encantaba verla rozarse sobre la cama,
como se balanceaba en mi boca, seguí lengüeteándola.
Me cogió por la
mandíbula con sus manos y me elevó hacia
su boca, me besó, me chupaba los labios. Quería saber a que sabían sus
entrañas. Besé sus pechos que pronto reaccionaron al sentirme cerca. Divisé
junto a ella un tubo de pintura. Sin vacilar me serví un poco de la pintura en
la mano y desde su boca hasta la entrada de su coño dibuje un línea. Su piel se
erizó. Volví a rellenar mi dedo y marqué el contorno de sus pechos con rojo
tierra. Me tumbé sobre ella. No solo calcándome sus trazos. Compartimos la
excitación y deseaba meterle la polla tan adentro que quería verla gritarme
otra vez que no parase. Rozábamos nuestro cuerpo como cerdos en el barro.
Seguía dibujando por
su piel las huellas de la mía. En un gesto brusco no pude evitarlo y la
penetré, profundicé dentro de ella. En unos segundos nos quedamos inmóviles.
Los cuerpos se volatilizaron. Su cuerpo fue el primero en reaccionar suplicando
las sacudidas del mío. Entraba una y otra vez dentro de ella. Una y otra vez.
Una y otra vez.
El ritmo alcanzó
tantas tonalidades diferentes. El placer es desmesurado cuando se comparte.
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