domingo, 16 de febrero de 2014

Querida Virginia.



Te escribo sentada en las viejas colmenas del abuelo, las de madera.
He pensado en pintarlas. Quizá las tiña de colores. Espero que al agua de la presa no las azote demasiado. Hoy el valle está en calma. Tengo puesto esos pantalones cortos de flores que tanto usé en los veranos en Gata. Te echo de menos. Echo de menos rebañar las colmenas contigo. La miel sabe diferente a tu lado. Los Robles del camino viejo están secos. Ayer fui a la caza de azafrán. Dispersas crecen sus flores y su color lila cada vez es más vivo.  Bajo todos los domingos a Trevejo. Me siento en la misma piedra de siempre. Ayer leí un poema.

Porque todo es igual y tú lo sabes,
has llegado a tu casa, y has cerrado la puerta
con ese mismo gesto con que se tira un día,
con que se quita la hoja atrasada al calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y, al entrar,
has sentido la extrañeza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras,
y encendiste la luz, para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas como estarán dentro de un año,
y después,
te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas,
y te has sentido solo,
humanamente solo,
definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes. Luis Rosales

Al volver a casa imaginé tu silueta junto a la chimenea hasta me supieron tus besos en mi cuello. Mi cuerpo recordó como apretabas tus manos sobre mi vientre para dejarme caer encima de ti. Río al recordar la vez que tuvimos que salir corriendo y escondernos en el carcomido armario del abuelo. Aun huele a queso. Tapaste mi boca para que no pudiera oírse el jadeo. Y eso me excitó. Creo que tú lo notaste por que rápidamente lanzaste tu otra mano a mi sexo. Empezaste hacer esféricos círculos que a mi me volvieron loca. Fue mi primer orgasmo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario