Llegué a casa algo
más tarde que de costumbre.
Encendí la TV, cogí
una manzana y me senté en el sofá. Agarré un libro que pronto volví a soltar. Y
me quedé ensimismado. Terminé de comer la manzana y fui a dormir.
Entró en mi cama con
un silencio y una escurridiza valentía.
No tenía la costumbre
de dormir con camiseta pero esa noche no me la quité.
Sentí su aliento en mi nuca.
Di una gran sacudida.
Me encontré con su
mano que me impedía volver la cabeza y no pude acertar quien era. Me tranquilizó
saberla mujer. Sus frías manos se iban atemperando a medida que acariciaba mi
brazo.
Le pregunte que quien
era. Ella solo mandaba callarme. Susurraba en mi oído. La punta de sus lengua
dibujaba fractales formas en mi oreja. Empecé a excitarme. Su olor corporal era
fuerte. Me mordisqueaba el cuello. Estaba desnuda. Sus pechos se hundían en mi espalda, su
pelvis se fundía con todo mi cuerpo. Me
bailaba.
Intenté varias veces
darme la vuelta para verla pero eran malogrados intentos.
Sus manos esbozaban
caricias en mi pecho. Sus manos se atrevían a cruzar las fronteras de mi
ombligo, hasta llegar a mi duro y febril miembro. Dios! Mis pupilas se
dilataron. Su mano seguía dando vida a mi sexo. Su boca babeaba mi cara,
cuello, hombro. Me mordía fuerte. Quería besarla. No vacilé ni un segundo y me
giré. La cogí fuerte y la volqué sobre mí. Me quedé paralizado al revelar quién
era. Mi agitación era tan intensa que lo único que acerté era hundirme dentro
de ella.
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