domingo, 16 de febrero de 2014

INTRUSA



Llegué a casa algo más tarde que de costumbre.
Encendí la TV, cogí una manzana y me senté en el sofá. Agarré un libro que pronto volví a soltar. Y me quedé ensimismado. Terminé de comer la manzana y fui a dormir.

Entró en mi cama con un silencio y una escurridiza valentía.
No tenía la costumbre de dormir con camiseta pero esa noche no me la quité.
Sentí  su aliento en mi nuca.
Di una gran sacudida.
Me encontré con su mano que me impedía volver la cabeza y no pude acertar quien era. Me tranquilizó saberla mujer. Sus frías manos se iban atemperando a medida que acariciaba mi brazo.
Le pregunte que quien era. Ella solo mandaba callarme. Susurraba en mi oído. La punta de sus lengua dibujaba fractales formas en mi oreja. Empecé a excitarme. Su olor corporal era fuerte. Me mordisqueaba el cuello. Estaba desnuda.  Sus pechos se hundían en mi espalda, su pelvis se fundía con  todo mi cuerpo. Me bailaba.
Intenté varias veces darme la vuelta para verla pero eran malogrados intentos.

Sus manos esbozaban caricias en mi pecho. Sus manos se atrevían a cruzar las fronteras de mi ombligo, hasta llegar a mi duro y febril miembro. Dios! Mis pupilas se dilataron. Su mano seguía dando vida a mi sexo. Su boca babeaba mi cara, cuello, hombro. Me mordía fuerte. Quería besarla. No vacilé ni un segundo y me giré. La cogí fuerte y la volqué sobre mí. Me quedé paralizado al revelar quién era. Mi agitación era tan intensa que lo único que acerté era hundirme dentro de ella.

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